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Vilma Fuentes: Un museo-bar para Bryce

2026-03-16 - 10:23

Hace ya más de 40 años, en una de esas tardes que el otoño va acortando, participé en una mesa redonda. El encuentro tuvo lugar en el Museo Pompidou, llamado Beaubourg por los parisienses. Dos de los otros participantes eran Fernando del Paso y Alfredo Bryce Echenique. Como es costumbre en este tipo de actos, al final de las intervenciones de los invitados a la mesa redonda, se dio la palabra al público. Sin ponerse de pie, un cuadragenario se lanzó a su turno en un discurso interminable y lo bastante deshilado como para perder a los oyentes que no pudimos saber de qué hablaba. Al parecer, el hombre tenía necesidad de expresarse, pues no daba signos de prisa alguna al irse extendiendo y hurtando a otros la oportunidad de manifestar sus ideas. Al contrario, el tipo daba la impresión de prepararse a continuar su monólogo mientras quedara al menos una persona adormecida por sus palabras. La atención de los asistentes decaía con rapidez y, poco a poco, uno tras otro se iba decidiendo a escurrirse por la puerta hacia un exterior más respirable. Muy pronto, no quedaríamos en el salón más que los participantes a la mesa redonda. Una frase irónica, emitida con esa simulación de voz baja que puede hacerse escuchar con más fuerza que los alaridos, nos hizo reír a carcajadas. A Bryce Echenique y a mí. Ni siquiera tuvimos que mirarnos para sentir la complicidad de nuestras risas. Más bien, evitamos miradas que nos designarían como los culpables de esa apertura al vacío donde acababa de caer la atención de las unas cuantas personas que aún seguían en el salón. Al fin, la mesa redonda terminó milagrosamente sin abucheos, con unos anémicos aplausos por la invitación a tomar una copa de vino.

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