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Mare Advertencia: rapear para nombrar lo que duele

2026-01-30 - 08:45

En sus versos hay rabia, sí. Pero también hay método. Hay herida, pero hay análisis. Mare Advertencia rapea desde un lugar donde el dolor no se lanza a ciegas: se nombra, se piensa, se atraviesa.No se trata solo de gritar, sino de teorizar lo que duele para no romperse. Dice que eso lo aprendió antes de pisar un escenario, en Oaxaca, donde el sufrimiento tuvo que mirarse de frente para poder sanar.Mare es mujer zapoteca, rapera, periférica, migrante y feminista. Su obra ha visibilizado luchas sociales durante más de dos décadas, pero ella rechaza una etiqueta: no se asume como activista. Su batalla —dice— ha sido el arte. La expresión. La posibilidad de existir sin pedir permiso. Así lo cuenta en el podcast Pioneras de MILENIO, conducido por las periodistas Claudia Solera, Janet Mérida y Cinthya Sánchez.Lleva más de veinte años rapeando. Su voz nació en la periferia de Oaxaca —esa ciudad sin pavimento, sin agua potable, sin electricidad; lejos de la postal colonial— y hoy resuena en uno de los universos culturales más poderosos del mundo: Wakanda Forever, de Marvel.El tema Árboles bajo el mar, que interpreta junto a Vivir Quintana, forma parte del soundtrack de la película. Ahí canta:“Tantas heridas que supuran por tantos actos violentosPero el corazón no se rinde, sigue creyendo.Ofrendo este verso, lanzo mi oración al viento.Pido a los ancestros que nos guíen en tiempos inciertos”.No es casualidad. Mare siempre ha escrito desde los ancestros, desde la memoria, desde lo que no cicatriza. Fue parte de la primera generación de mujeres —y de hombres— que hicieron rap en Oaxaca, uno de los estados con mayor desigualdad en México.Su trabajo ha sido reconocido con premios como el María Sabina, otorgado por el Instituto de la Mujer Oaxaqueña, y en 2025 cerró el Festival Internacional Cervantino junto al colectivo África Express, fusionando rap con ritmos africanos en un acto profundamente político e inclusivo.La manada antes que el amor románticoMare habla del amor sin romantizarlo. Creció atravesada —como casi todas— por la promesa del amor romántico: esa narrativa repetida en telenovelas, cine y canciones que promete completitud a cambio de sacrificio. Durante años creyó también que necesitaría a alguien, a una sola persona, para dejar de ser siempre la fuerte. Hoy piensa distinto.Su experiencia le enseñó que los vínculos afectivos no giran alrededor de una pareja, sino de una red. De una familia elegida. De una manada. “Solo basta observar a los animales: son seres sociales”, dice.“La monogamia y el amor romántico también son una mentira que nos arrebató la posibilidad de construir vínculos profundos con nuestras manadas”.Mare se nombra como alguien “muy rota”, hecha de muchos pedacitos. Por eso entiende que sería injusto —e imposible— depositar todas sus heridas en una sola persona. Ni siquiera en un terapeuta, aclara, ni pagándole. “No puedo llegar y decirle: ‘a ver, cúrame’”. Prefiere compartirlas, sostenerlas en colectivo, deshacerse menos. Siempre desde la reciprocidad.Lo más importante para ella es su familia elegida. Mucho de su tiempo y energía los dedica a cuidar a los suyos.“Afortunadamente vamos construyendo redes y caminos distintos que nos ayudan a salir del ser migajeras”, dice, refiriéndose a ese término viral que nombra a quienes se conforman con muestras mínimas de afecto y nulo compromiso real.También renunció temprano a la idea de encajar. No quiso casarse. No quiso cumplir el molde de mujer que el mundo seguía esperando. Viajó, conoció otros territorios, aceptó que no cabía —y que no tenía por qué caber.Entendió que, para las mujeres, no se necesita demasiado para desobedecer. A veces —dice— “se desobedece simplemente existiendo”.“Solo te cuento las verdades incómodas De una sociedad que con nosotras es hipócrita”, rapea en Incómoda (Manifiesto feminista)”.Las adolescencias, cuenta, le enseñaron algo que ella no tuvo: el permiso para llorar. Para ser sensible. Para desmontar la dureza como única forma de resistencia. Hoy llora más. Abraza más.La herida de la lenguaHay otra herida que atraviesa su historia: la lengua. Su abuela dejó de hablar zapoteco porque la golpeaban por hacerlo en la escuela. A su madre le pasó lo mismo. El español se impuso. La violencia estructural arrancó lenguas, vestimentas, fiestas, identidades completas. Y más aún en la Sierra Norte zapoteca, de donde es originaria su familia y donde nació Benito Juárez, el primer presidente indígena de México.“Benito Juárez fue el primero también en castellanizar, en imponer el español como lengua mexicana. A través de la violencia se arrebataba la identidad de las comunidades. Llega un momento en que ellas se rinden y dicen: ‘ya, para que las nuevas generaciones no vivan lo que yo viví’”.Mare no habla la lengua originaria de su familia. Cuando intentó recuperarla, ya no existían las personas que pudieran transmitírsela. La herida sigue ahí. Y el deseo también: recuperar lo arrebatado, aunque sea a pedazos. Porque perder la lengua no fue una decisión individual, sino una herencia forzada.Creció rodeada de mujeres que se criaron solas. Viudas jóvenes. Mujeres rotas que, aun así, se volvieron sostén, guía y refugio. Aprendió a ser fuerte mirando a su abuela y a su madre.Aprendió también oficios “de hombres” con la guía de su primo: electricidad, reparaciones, cargar agua desde el pozo, resolver. Quizá por eso nunca intentó encajar.Creció en la periferia de Oaxaca, no en la postal turística. Sin pavimento. Sin servicios. En un territorio abandonado por el Estado, atravesado por pandillas y fronteras invisibles: barrio 13, barrio 18, barrio 21. Límites que se defendían con el cuerpo. Ahí llegó el graffiti. El reggae. El ska. El punk. “Cuando no hay nada”, dice Mare, “te vuelves creativa”.Los y las raperas de su generación abandonaron el arte para sobrevivir. Migraron. Buscaron certezas. Ella se quedó. “Terca”, como se nombra. Negociando y encontrando el soporte con su familia, cumpliendo expectativas —como estudia la universidad— para poder seguir soñando con el rap.Hoy, de aquellos pioneros y pioneras de la periferia de Oaxaca con los que Mare comenzó, ella es la única que permanece. No sólo por insistencia, sino por la necesidad urgente de seguir nombrando lo que duele y de nombrar también a quienes ya no están en el rap.El arte no da garantías. Mare no piensa en el retiro. No tiene seguridad social. Tiene proyectos, comunidad y una certeza: no se construyó sola. Pero cada nuevo proyecto trae la misma pregunta: ¿cómo financiarlo? View this post on Instagram Por eso también eligió la pedagogía. No como reproducción de violencia, sino como espejo. En sus talleres se viene a fallar. A equivocarse. A sanar. A devolver lo aprendido. A abrir los espacios seguros que ella no tuvo en su infancia. Siempre recuerda a la maestra de primaria que le dijo que no era buena para la poesía. Aprendió que el secreto de la creatividad también está en no destruir sueños.Mare cree que el arte es un derecho humano. Que nacemos con una necesidad creativa que no debería ser sofocada. Que contar nuestras historias es una forma de sobrevivir. Rapear, para ella, no es solo hacer música. Es teorizar el dolor para que no destruya. Para sanar.Puedes ver la conversación completa aquí abajo:

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