A 28 años de masacre en Acteal, desplazados de Chenalhó buscan reparación del daño ante Corte: "Un retorno sin justicia"
2026-02-11 - 08:55
A Manuel Méndez Paciencia le mataron a su esposa, Marcela, y a dos hijos, Lucía y Vicente, en la masacre de Acteal en 1997. Los paramilitares que asesinaron a su familia y a 42 indígenas también quemaron su casa en la comunidad de Queshtic, municipio de Chenalhó, Chiapas, y lo obligaron a huir.Durante cuatro años, Manuel, un hombre alto y delgado, de semblante sereno y arrugas profundas, estuvo desplazado en un campamento. Ahora es parte de un grupo de 308 indígenas tsotsiles, pertenecientes a 12 comunidades de los Altos de Chiapas, que presentaron una demanda de amparo para que el Estado mexicano les repare de manera integral el daño por el desplazamiento forzado del que fueron víctimas.Casi tres décadas después, la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) enlistó para este jueves 12 de febrero debatir el ejercicio de facultad de atracción (935/2025) sobre el amparo que promovieron las comunidades.Nada le devolverá a su esposa Marcela Capote Ruíz, a su hijo Vicente Méndez Capote y su hija Lucia Méndez Capote, pero está seguro de que se tiene que hacer justicia por ellos y todas las víctimas de Acteal y las comunidades desplazadas, aunque sea 28 años después, declaró en entrevista para MILENIO.Así ocurrieron los hechosEse día, el 22 de diciembre de 1997, Manuel y su familia, junto con otros integrantes de la organización civil Las Abejas, se encontraban en una ermita en Acteal haciendo una oración para pedir que cesaran los asesinatos y las agresiones en la zona, donde tras el levantamiento armado del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), el 1 de enero de 1994, el gobierno lanzó una ofensiva militar que incluyó la creación de grupos paramilitares.“El 22 de diciembre, como a las 9:00 horas, se empezaron a escuchar los disparos alrededor de la ermita”, cuenta don Manuel, casi sin parpadear, en tsotsil, una lengua indígena hablada por más de 550 mil personas que resiste principalmente en esta zona montañosa de Chiapas.“Después, empezaron los disparos a nuestro alrededor y me fui a esconder al lugar donde está una nueva ermita, pero los paramilitares llegaron hasta ahí. Las mujeres y niños ya no lograron escaparse, y fueron masacrados”, dice con evidente dolor.La masacre inició a las 11:00 horas y se extendió hasta las 19:00 horas. A 200 metros se encontraba un destacamento de la policía estatal. El saldo fue de 45 personas, en su mayoría mujeres y niños, asesinados.“Ahí murió mi esposa, mi hija y un hijo”, remata Manuel y luego guarda un prolongado silencio. Sus ojos se llenan de dolor.Un grupo de habitantes de Queshtic escucha atentosin interrumpir el relato, algunos asienten cuando van recordando lo que él está narrando, ya que también lo vivieron y, como Manuel, son sobrevivientes de la matanza.Volver a empezarLa comunidad de Queshtic está a unos 15 minutos de Acteal. Aquí la pobreza se percibe en todo: las calles sin pavimentar, los perros flacos, las casitas de madera y lámina, aquí no ha llegado la cuarta transformación.En 1997, esta comunidad, que en la actualidad tiene poco más de 150 habitantes, se vio afectada por el acecho paramilitar. En la primera mitad del sexenio de Ernesto Zedillo, grupos paramilitares se dedicaron a hostigar y amenazar a las comunidades chiapanecas que se negaban a participar en la estrategia contrainsurgente en contra del zapatismo.Las comunidades terminaron por desplazarse e instalarse en campamentos improvisados, donde escaseaba la comida, faltaba la leña, hacía frío y había muchas enfermedades. Antonio Pérez Pérez es uno de ellos. Salió de Queshtic el 17 de diciembre de 1997 con su esposa, Antonia Guzmán Pérez, y con un hijo de apenas dos años. En el camino los interceptaron y les empezaron a disparar, aunque lograron escapar gracias a un conocido que los vio en el camino y los llevó en su coche hasta Acteal.“En el paraje empezaron a dañar nuestras casas. Teníamos pollos, guajolotes, cosechas de café, ganado, caballos, pero robaron todo; desmantelaron mi casa, quitaron las tablas, las láminas, sufrí bastante. Retornamos en 2001, pero sin casa, no tenía dónde vivir, entonces coloqué una lona como techo”, cuenta Antonio Pérez también en tsotsil desde el hogar del que fue desplazado.“Aquí dejamos nuestra casa, todo lo que teníamos. Empezaron a robar, saquearon nuestra casa. Sufrimos mucho durante el conflicto de 1997”, lamenta también Antonia Guzmán.A 25 años, la casa está reconstruida. Las tablas de madera delimitan los espacios de la propiedad, la cocina está de un lado y del otro la recámara. Dos grandes telares de cintura destacan frente a la cocina; tanto Antonio como sus hijas se dedican a los textiles, tejen faldas y huipiles brillantes y coloridos.Después de los años difíciles del éxodo han logrado volver a asentarse aquí en Queshtic, pero con muchas carencias: no tienen agua potable y el piso de la vivienda es de terracería.La familia Pérez también es parte de la demanda colectiva con la que exigen una reparación, pues en casi tres décadas ninguno de los gobiernos ha generado condiciones para el retorno de las familias ni han atendido las causas del desplazamiento. Todavía en la actualidad los perpetradores de la masacre y quienes los obligaron al exilio son sus vecinos.En 2009, la Suprema Corte ordenó la liberación de 20 personas que estaban acusadas de los asesinatos en Acteal tras considerar que habían sido sentenciados con base en pruebas fabricadas; sin embargo, según los entonces ministros, esto no significó que fueran inocentes.Veladoras para que la Corte los volteé a verEl 19 de enero, un grupo de indígenas tsotsiles prendió decenas de veladoras blancas en una oficina ubicada en